Cuando San Agustín habla sobre un conocimiento contemplativo que nos otorga una perspectiva divina sobre la realidad está entroncando con una tradición presente en muchas confesiones religiosas, desde el sufismo musulmán al misticismo cristiano, pasando por el taoismo oriental o el budismo.  Todas estas religiones hablan de un conocimiento superior que solo se adquiere mediante la meditación, la autoconciencia y el silencio, muy distinto al conocimiento usual.

Explicar en que consiste este tipo de conocimiento es difícil, por una cuestión dialéctica; si no se tiene , uno ni siquiera sospecha lo que es. El que lo tiene, no sabe transmitirlo. El que lo busca, no sabe por dónde encontrarlo. Es un don. 

Vamos a aportar algunos textos para ofrecer algunas ilustraciones de en qué consiste la Iluminación. Fíjate que decimos “ilustrar”, en el sentido de “Ofrecer ejemplos y anécdotas para explicar y hacer comprender una idea o concepto”. No se trata de explicar algo que en puridad es inefable para estos pensadores (como Dios o la Realidad), sino solo de mostrar algo “que se parece”

Los dos primeros son dos historias que David Foster Wallace recoge en un discurso que le ofreció a los graduados de Kenyon en 2008 : “Esto es agua”

Hay dos peces jóvenes nadando y sucede que se encuentran con un pez más viejo que viene en sentido contrario y que les saluda con la cabeza y dice “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?” Y los dos peces jóvenes nadan un poco más y entonces uno de ellos se vuelve hacia el otro y dice “¿Qué diablos es el agua?”.

 

Otra pequeña historia didáctica. Hay dos tipos sentados juntos en un bar en la remota y desierta Alaska. Uno de los tipos es religioso, el otro es ateo, y están discutiendo sobre la existencia de Dios con esa intensidad especial que aparece después de la cuarta cerveza. Y el ateo dice: “Mira, no es que tenga verdaderas razones para no creer en Dios. No es que no haya hecho nunca experimentos con todo eso de Dios y la oración. Justo este último mes quedé atrapado lejos del campamento por una tempestad de nieve terrible, y estaba totalmente perdido y no veía nada, y estábamos a cincuenta grados bajo cero, así que lo intenté: ‘Oh, Dios, si hay un Dios, estoy perdido en esta ventisca, y voy a morir si no me ayudas’”. Y ahora, en el bar, el tipo religioso mira al ateo todo perplejo. “Bien, entonces ahora sí debes creer”, dice. “Después de todo estás aquí, vivo”. El ateo pone los ojos en blanco. “No, hombre, lo que sucedió es que un par de esquimales pasaban por allí y me enseñaron el camino de vuelta al campamento”.

 

Los siguientes ejemplos pertenecen a Anthony de Mello, un escritor sobre temas de espiritualidad. Muchos son profundos y humorísticos, y ofrecen una cierta visión de que significa Iluminación y como el ego enturbia nuestro conocimiento.

El afecto deforma nuestra percepción: éste era un tema en el que insistía el Maestro una y otra vez, y los discípulos vieron la oportunidad de verlo ejemplificado cuando oyeron cómo el Maestro preguntaba a una madre:
«¿Cómo está tu hija?»
«¿Mi hija? ¡No sabes la suerte que ha tenido! Se casó con un hombre maravilloso que le ha regalado un coche, le compra todas las joyas que quiere y le ha dado un montón de sirvientes. Incluso le lleva el desayuno a la cama y la permite levantarse a la hora que quiera. Un verdadero encanto de hombre!».
«¿ Y tu hijo?»
«Ése es otro cantar. . . ! ¡ Menuda lagarta le ha caído en suerte. . . ! El pobre le ha regalado un coche: la ha cubierto de joyas y ha puesto a su servicio no sé cuántos criados. . . y ella se queda en la cama hasta el mediodía! Ni siquiera se levanta para
prepararle el desayuno. . . !».

«¿Por qué son más las personas que no alcanzan la Iluminación?».
«Porque lo que buscan no es la Verdad, sino su propia conveniencia», respondió elMaestro.
Y lo mostró con un cuento de la tradición sufí:
Un hombre en apuros económicos trataba de vender en la calle una alfombra bastante deteriorada. El primer individuo al que se la ofreció le dijo: «Ésa es una birria de alfombra, y además está destrozada». Y la compró por cuatro perras.
Un minuto más tarde, el comprador le dijo a otro individuo que pasaba por allí: «Aquí tiene usted una alfombra tan suave como la seda, señor; no encontrará otra igual».
Y un sufí que había visto la escena intervino: «Por favor, alfombrero, métame a mí en esa caja mágica suya que puede convertir una birria de alfombra en una alfombra excepcional, y un guijarro en una piedra preciosa».
«Naturalmente, la caja mágica», añadió el Maestro, «es lo que llamamos ‘egoísmo’: el instrumento más eficaz del mundo para transformar la verdad en engaño».

 

 

«¿Es fácil o difícil la Iluminación?»
«Es tan fácil y tan difícil como ver lo que tienes delante de los ojos».
«¿Cómo va a ser difícil ver lo que tienes delante de los ojos?»
A esta pregunta respondió el Maestro con la siguiente anécdota:
Una muchacha, al encontrarse un día con su novio, le preguntó: «¿Notas algo diferente en mí?».
«¿El vestido es nuevo. . . ?».
«No».
«¿Los zapatos. . . ?».
«No. Es otra cosa».
«Me rindo».
«Llevo puesta una máscara anti-gas».

El Maestro explicaba a sus discípulos que alcanzarían la Iluminación el día en que
consiguieran mirar sin interpretar.
Ellos quisieron saber en qué consistía mirar interpretando.
Y el Maestro lo explicó así:
Dos peones camineros católicos se hallaban trabajando justamente delante de un burdel cuando, de pronto, vieron cómo un rabino se deslizaba furtivamente en la casa.
«¿Qué vas a esperar de un rabino?», se dijeron el uno al otro.
Al cabo de un rato, el que entró fue un pastor protestante. Ellos no se  sorprendieron:
«¿Qué vas a esperar. . .?».
Entonces apareció el párroco católico, que, cubriéndose el rostro con una capa, se deslizó también en el edificio. «Es terrible, ¿no crees? Una de las chicas debe de estar muy enferma».

 

 

«¿Cómo puedo obtener la Iluminación?», preguntó un impaciente discípulo.
«Ve la realidad tal como es», le dijo el Maestro.
«¿Y qué puedo hacer para ver la realidad tal como es?»
El Maestro sonrió y dijo: «Tengo para ti una buena y una mala noticia, querido».
«¿Cuál es la mala noticia?»
«Que no puedes hacer nada para ver. . . ; eso es un don».
«¿Y la buena noticia?»
«Que no puedes hacer nada para ver. . . ; eso es un don».

 

 

«Escucháis», dijo el Maestro, «no para descubrir nada nuevo, sino para dar con algo que confirme lo que pensáis. Discutís, no para hallar la verdad, sino para defender vuestra manera de pensar».
Y contó la historia de aquel rey que, al pasar por una pequeña ciudad, vio que por todas partes había señales de la presencia en ella de alguien dotado de una asombrosa puntería: en árboles, vallas y paredes había infinidad de dianas con un agujero de bala en el mismísimo centro. Cuando quiso que le presentaran a tan extraordinario tirador, éste resultó ser un muchacho de diez años.
« ¡Es increíble!», dijo el rey asombrado. « ¿Cómo demonios lo haces?»
«Es muy fácil, Majestad», le respondió. «Primero disparo, y luego dibujo la diana».
«Lo mismo hacéis vosotros: primero sacáis vuestras conclusiones, y luego construís en torno a ellas vuestras premisas», dijo el Maestro. « ¿Acaso no es así cómo os las ingeniáis para aferraros a vuestra religión o a vuestra ideología ?»

 

 

«La Iluminación», dijo el Maestro cuando le preguntaron por ella, «es un despertar».
«Ahora mismo estáis dormidos y no lo sabéis».
Y les contó el caso de aquella mujer recién casada que se quejaba de que su marido bebía en exceso.
«Y si sabías que bebía, ¿por qué te casaste con él?», le preguntaron.
« ¡Yo no tenía ni idea de que bebía», dijo la mujer, «hasta que una noche llegó a casa sobrio!»

 

 

A su regreso de un viaje, el Maestro habló de una experiencia que, a su manera de ver, constituía una parábola sobre la vida:
Al parecer, durante un breve alto en el camino, entró a almorzar en un moderno
restaurante, en cuyo mostrador se veían deliciosas sopas, tentadores pollos al curry y toda clase de platos apetitosos.
Pidió que le sirvieran una sopa.
«¿Viene usted en el autobús?», le preguntó la robusta camarera.
El Maestro asintió con la cabeza.
«No hay sopa».
«¿Y pollo al curry con arroz hervido?», preguntó el Maestro desconcertado.
«Si viene usted en el autobús, tampoco hay pollo al curry. Puede usted tomar bocadillos.
Me he pasado la mañana preparando esa comida, y sólo tiene usted diez minutos para comerla. No voy a permitir que coma usted una comida que no va a tener tiempo de saborear».

 

 

«Iluminación», dijo el Maestro, «significa saber exactamente dónde estás en un momento dado; y eso no es nada fácil. . . »
Y habló de un conocidísimo amigo suyo que, a sus ochenta y tantos años, seguía
recibiendo infinidad de invitaciones.
Un día, mientras consultaba su agenda durante una recepción, alguien le preguntó cuántos compromisos tenía para aquella noche.
«Seis» , respondió el anciano sin apartar los ojos de su agenda.
«¿ y qué hace usted: comprobar adónde tiene que ir a continuación?»
«No. Trato de saber dónde estoy ahora mismo».

 

 

El Maestro no era ajeno, ciertamente, a cuanto ocurría en el mundo.
Cuando le pidieron que explicara uno de sus aforismos preferidos, «No hay nada bueno ni malo; es el pensamiento el que lo determina», esto fue lo que dijo:
« ¿No habéis observado que lo que la gente llama ‘congestión’ en un tren, se convierte en ‘ambiente’ en una discoteca ?»

 

 

 

 

 

 

 

 

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